viernes, 5 de noviembre de 2010

El Irminsul debe ser destruido

A comienzos del siglo IV antes de Cristo, un abogado griego llamado Lisias recibió el encargo de defender al dueño de un terreno que había sido acusado de un delito religioso, que podía acabar con la confiscación de sus bienes y su exilio. De ese terreno había desaparecido un árbol sagrado, uno de los muchos olivos que la tradición colocaba como posesión personal de Atenea. Olivos cuyo aceite pasaba a manos de la ciudad y era utilizado en diversas ceremonias. Lisias, al presentar la defensa, arguye que el acusador es un psicofante, es decir, un ciudadano que vivía de denunciar a otros con la esperanza de recibir parte de la multa impuesta.
 Estos olivos sacros dispersos no eran la única especie, pues existían multitud de bosques sagrados, que se extendían por todo el orbe griego y posteriormente por el romano. La existencia de vegetales santos es muy testimoniada en la antigüedad, y en algunos casos el árbol puede tener gran renombre, como la encina de Dodona, utilizada como oráculo al interpretarse el sonido del viento en sus hojas.
 Pero en todos los casos, los bosques y plantas sagradas constituyen un límite a la acción humana, pues entran en el terreno de los dioses. Donde empieza el poder divino, acaba la potestad  del hombre. Estas restricciones no eran simples supersticiones, sino que se reflejan en el derecho, como en el caso que hemos visto al empezar.
 Lo mismo ocurre con algunos animales en otras culturas del Mediterráneo, como la egipcia (pensemos en el buey Apis, un buey auténtico vivo), y en la actualidad en la tradición hinduista.
 Pero con la llegada del cristianismo todo cambia. Desde el principio se constituye como una religión fundamentalmente urbana, como lo eran las comunidades judías que emigran de Palestina, y es desde las ciudades desde donde se propaga. Ya vimos en el anterior texto del blog como los dioses campestres se transforman en el demonio, y como el bosque se convierte en el lugar del mal. En este contexto la naturaleza sagrada desaparece, y es necesaria la construcción de un nuevo concepto de lo santo. No en vano la palabra pagano deriva del latín pagus, aldea, comarca rural.
 Si la nueva religión se concentra en las ciudades y desprecia al campo, lo sagrado girará en torno al paisaje urbano. Y la ciudad se caracteriza por sus numerosos edificios, los bienes que manufactura o comercia, y el elevado número de personas que concentra, frente a un campo con pocos y pequeños edificios, productor agrícola o ganadero, y con reducidas concentraciones de población.
 Esta tríada urbana de objetos, gente y construcciones conformará lo santo.
 Por un lado, y en una ciudad donde la actividad gremial, las agrupaciones artesanales, tienen gran importancia, la proliferación de reliquias sagradas, objetos manufacturados producto de la acción humana, y santificados por el uso de alguna persona divina (como la sábana santa, producto fabricado y  posteriormente sacralizado porque sirvió como sudario del mesías).
 Por otro lado, en un mundo donde tus antepasados (ilustres o no ilustres) marcan tu posición social, el culto a los muertos. Los restos mortuorios de santos se convierten en objeto de peregrinación.
 Por último las iglesias, edificaciones intocables donde la autoridad civil no tiene potestad, y que servirán de asilo a delincuentes varios. Límite y freno a la acción del poder humano. Límite dentro del cual se colocan las diversas reliquias y se entierra a los muertos.
 Así pues, los edificios, las personas (muertas) y los objetos manufacturados (el gran trío del paisaje  urbano), constituyen el lugar de lo sagrado. La guerra a la naturaleza santa estaba servida, y continuará durante todo el proceso de evangelización de Europa. En esta línea, Carlomagno destruirá en el 772 el Irminsul, el árbol sacro de los sajones (del que puede que aún queden restos en nuestro árbol de navidad).
 Este panorama continuará hasta que el propio mundo tradicional se venga abajo con las revoluciones burguesas, que inauguran la modernidad a finales del siglo XVIII. Una nueva clase social de financieros, industriales, comerciantes y profesiones liberales se hará con el poder, desplazando a la aristocracia y a la iglesia. Y necesitaban por tanto una nueva construcción de lo sagrado. El problema es que se movían en el mismo paisaje urbano que el modelo anterior, de edificios, objetos manufacturados y gente. Los edificios y objetos sacros ya estaban cogidos, y de las personas ya existía el culto a los santos muertos. Sólo les quedaba un hueco libre, sin ocupar, y eran las personas vivas. Así nació el culto a los vivos. Así nacieron los derechos humanos.
 Estos derechos convertían a la persona en sagrada. Eran el límite de toda actividad humana, de todo poder establecido. Igual que los templos grecorromanos y las iglesias cristianas servían de asilo, de protección, igual que los olivos sacros eran intocables, así funcionan los derechos humanos: son el límite.
 Al comienzo de la declaración de los derechos del hombre y el ciudadano, durante la revolución francesa, se dice que el no respetar estos derechos es la causa de las "calamidades públicas". Los atenienses achacaban su derrota en la guerra del Peloponeso (su gran calamidad pública) a la mutilación de estatuas sagradas antes de la decisiva expedición a Sicilia. Los medievales culpaban de las pestes (como ya vimos en otro texto) a las ofensas a dios. La vulneración de los límites que marca lo sagrado trae la desgracia. Primero fue ofender a los dioses. Luego ofender a dios. Ahora ofender a los derechos humanos.
 Del mismo modo, si antes las violaciones a lo sacro eran motivo recurrente para las guerras, ahora lo son las violaciones de los derechos del hombre (el nuevo sagrado). La guerra de Troya comienza formalmente por la ruptura del santo vínculo del matrimonio, protegido por la divinidad. La invasión persa de Grecia empieza con la excusa de una destrucción griega de templos asiáticos. En el medievo la ruptura de sagrados lazos de vasallaje o herencia, la existencia de infieles, o las herejías son los motivos oficiales de la mayor parte de conflictos. En la actualidad son las violaciones de los derechos universales la excusa recurrente para justificar la maldad intrínseca del enemigo y la necesidad de combatirlo (los nazis acusando a los soviéticos de masacres como la de Katyn, o a los ingleses de todo tipo de atrocidades en sus colonias; las acusaciones de los aliados a los nazis son de todos conocidas).
 En la época romana un animal podía valer mucho más que un hombre en una subasta. Un señor feudal podía atender antes la salud de su perro de caza favorito que la de uno de sus campesinos serviles. Y si yo tuviera que elegir entre salvar a un desconocido o salvar a mi perra, elegiría salvar al que más quiero de los dos, siguiendo mi corazón, mi perra. Sería inmediatamente condenado a la hoguera. Habría cometido un sacrilegio.
 

4 comentarios:

  1. Inquietante....¿Os duele la llaga que con su dedo toca sacrílegamente nuestro filósofo Dani?; a algunos seguramente más que a otros, de manera diáfana vuelve a deleitarnos con su genealogía, hasta llegar a la actualidad de lo sagrado y como a mutado. En la actualidad donde la religión se ha convertido en una religión de supermercado, tu texto me ha hecho ver que los derechos humanos son el nuevo lugar sagrado (aunque como siempre se seguirán realizando barbaridades en su nombre...)

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  2. Hola, soy Manuel Calvo, amigo de Rafael. Me ha interesado mucho tu post. Ya hablaremos en la reunión del miércoles 17, si te decides a venir. He encontrado un blog también curioso, a ver qué te parece: http://labibliadelosagnosticos.blogspot.com/

    saludos.
    Manuel.

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  3. Interesante recorrido histórico que deja al descubierto lo que para mí es una verdad inapelable: lo "divino" es intrínseco a lo "humano". Y realmente es indiferente la definición que se ofrezca de lo divino, lo interesante es la necesidad humana de contar con ello.

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  4. Interesante esta nueva excursión, en este caso a la genealogía de lo sagrado. Entre otras cuestiones que me ha suscitado el texto no he podido dejar de pensar en sus implicaciones respecto a dos cauces tradicionales por los que las diferentes civilizaciones reformulan su relación con lo sagrado de las civilizaciones a las que sustituyen: la apropiación y la profanación. La cuestión está clara cuando se habla de espacios de lo sagrado. Las civilizaciones cívicas se apropiaron del espacio sagrado natural, primero delimitándolo geométricamente (recinto sagrado o témenos), y luego construyendo en él la casa del Dios (templum) que acabaría por desplazar en el imaginario al espacio que primordialmente definía lo sagrado. A medida que una nueva civilización cívica sustituía a la otra transformaba el templo en iglesia o mezquita o de nuevo iglesia, conservando la vinculación al espacio original. Por otra parte, la tradición romana de invitar a los dioses de sus enemigos a pasarse a su bando ofreciéndoles casa es un ejemplo sublime de la capacidad de apropiación de este pueblo. En cuanto a la profanación, sin duda debemos atribuir a los cristianos del Imperio Tardío el honorable título de "maestros de la profanación", en la medida en que su macabra devoción a los cadáveres (algo insólito para un pagano de pura cepa) les llevaba a enterrarlos en los mismos templos paganos como forma de desacralizarlos y conquistarlos. Es lógico que los maestros de la profanación fueran también maestros del exorcismo, por cuanto había que expulsar a los viejos démones de las nuevas iglesias-cementerio.
    Pero Dani plantea que, a partir de la Modernidad, nuestra civilización ha vuelto a una especie de regreso al nomadismo sacro. Lo sagrado ya no son los espacios, sino las personas o, al menos, la idea de lo que éstas son. ¿Es, entonces, el culto a la masacre de los diversos fundamentalismos la particular técnica de profanación de las civilizaciones que tienden a considerarse nuestras sustitutas? ¿Serán sublimados los derechos humanos al servicio de una nueva civilización como forma de apropiación de nuestro imaginario sagrado? ¿No habrá ocurrido ya eso? A fin de cuentas la profanación de los espacios sagrados siempre ha sido lo excepcional en los sistemas tradicionales, pero la de los derechos humanos en su propio nombre parece ser la norma actual.
    Sea como fuere, gracias por una nueva y lúcida reflexión.

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