Se cuenta que el dios griego Pan se aparecía a los humanos con sus patas y cuernos de cabra, y los asustaba. De ahí la palabra pánico. Podría ser que la imagen clásica del demonio que construyó el cristianismo tuviese este origen, este dios pagano de bosques, selvas que eran los últimos reductos resistentes a un cristianismo urbano triunfante.
Queremos en este texto situar el miedo en nuestra cultura actual. Y puesto que el diablo es el gran asustador, y parece que nace en la tradición griega, empecemos por aquí.
No hubo entre los helenos una literatura de terror, tal como la entendemos ahora. Pero la búsqueda de efectos terroríficos aparece en muchas formas. Ya en la Ilíada, la primera gran obra escrita griega, la descripción truculenta de atroces heridas es parte fundamental (y casi mayoritaria) del poema de Homero. Asimismo, en la mitología abundan los monstruos asesinos y brutales (de algunos de ellos nos libramos gracias a Hércules, hijo de dios y una mortal, como Jesucristo, nuestro liberador de demonios). Nace también aquí la figura de la bruja, conocedora de hechizos, siendo Medea y Circe las más famosas.
En general las figuras del miedo aparecen siempre en la periferia del espacio y el tiempo. Si tomamos estas dos coordenadas (imprescindibles en nuestra cultura desde la obra de Newton a finales del XVII), los monstruos y brujas viven lejos, en las afueras del mundo o de los tiempos. Medea viene de la Cólquide, a oriente del mar Negro, límite griego, y lo mismo Circe con respecto a occidente. Son las brujas del este y del oeste. Más tarde, y en toda la antigüedad grecorromana, la tierra por excelencia de las hechiceras, el lugar tenebroso por antonomasia, será Tesalia, en la periferia norte de Grecia
Por otra parte, los monstruos mitológicos, desde Medusa a Pitón, vivieron en otra época, en tiempos míticos, en las fronteras temporales de nuestra edad.
Frente a este terror literario, tenemos también el uso del miedo con fines científicos, como el que le da Tucídides. En su Historia de la guerra del Peloponeso, ya citada en nuestro anterior texto, el miedo es la causa clave para explicar la guerra. Esparta ataca por miedo preventivo al poderío de Atenas.
Este nuevo uso del pánico, que sirve para dar la explicacion racional fundamental de los hechos sociales, lo volveremos a encontrar en Hobbes, en su escrito Leviathan (un monstruo), que inaugura en el siglo XVII las teorías sociológicas y políticas modernas. Para Hobbes la sociedad tiene su origen en el miedo mutuo entre los hombres. Pero no nos ocuparemos aquí de esto. Volvamos al miedo de fantasía.
Centrémonos en nuestra edad contemporánea. A comienzos del siglo XIX nos encontramos con la recopilación de cuentos que hacen los hermanos Grimm, recogiendo toda la tradición de historias de terror de la edad media. En efecto, Caperucita roja, Blancanieves, Hansel y Grettel, etc, son en su origen narraciones orales de miedo, dirigidas a adultos y niños (no existía por entonces la separación de espectáculos por edades), que los hermanos Grimm van dulcificando y aniñando, proceso que dura hasta el día de hoy con Walt Disney como ejemplo. Pero en un principio están llenas de madres (no madrastras) asesinas de sus hijos, de monstruos sedientos de sangre (el lobo invita a Caperucita a devorar las vísceras de su abuela), de castigos brutales (la madre de Blancanieves es condenada a bailar con zapatos al rojo vivo hasta que muere), y otras atrocidades. Pero interesándonos por las coordenadas espacio-temporales, diremos que estas historias se sitúan siempre también en la periferia: se pierden en el tiempo del medievo, y se colocan en el bosque como lugar característico del terror. El bosque representa las afueras, el exterior de los núcleos urbanos. En el medievo el lugar de los bandidos y de los últimos restos no cristianos, como dijimos al principio.
Este fenómeno se repite en el gran género del siglo XIX, la novela, que en el campo del terror cuenta con Drácula como su principal representante (con permiso del Frankenstein de Mary Shelley). Drácula remonta su maldición a la edad media, las afueras del tiempo, como estamos diciendo. De hecho ostenta el título de conde, reflejo de los tiempos oscuros en que la nobleza era la dueña y señora, frente al moderno presente donde ha sido desplazada por la burguesía triunfante. Su castillo, como espacio del mal, también refleja el medievo, y por supuesto está lejos de todo, y rodeado de un bosque. El título nobiliario y el castillo y los campesinos y el bosque (todos símbolos periféricos, frente a la burguesía, la ciudad y la industria, que ahora son el centro), también aparecen en Frankenstein. Transilvania, la periferia europea frente a París, Londres o Berlín, es la nueva Tesalia. La edad media, los nuevos tiempos míticos.
Y sin embargo, en este siglo un nuevo país, situado casualmente en las afueras del mundo, toma el relevo como dueño del terror fantástico. Nos referimos a los Estados Unidos, que incluso tienen un día, Halloween, dedicado al miedo. A partir de la tríada Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft y Stephen King dominan la literatura del horror moderno, y no haría falta extendernos en el poderío norteamericano en el cine (el otro gran formato) de terror, donde hay una monarquía absoluta.
Pero en los Estados Unidos no hay edad media, y las soluciones son varias: Poe colocará algunos de sus relatos en Europa, en instituciones medievales, como la Inquisición en El pozo y el péndulo; Lovecraft creará un tiempo mítico propio, donde surgen sus dioses demoníacos, o se remontará al siglo XVIII pre-independencia; King utilizará el pasado indio, como en El resplandor. Pero la periferia temporal no será el factor decisivo, sino la espacial. Esto es normal en un país menos preocupado por su historia (escasa) que por su expansión territorial, una constante desde su fundación hasta nuestros días. El castillo (medieval) será sustituido por la casa, casi siempre periférica, por supuesto: la mansión gótica Usher en Poe, la casa de la madre de Psicosis, el hotel en el bosque de El resplandor, el entrañable hogar familiar de La matanza de Texas, la cabaña de Posesión infernal o La noche de los muertos vivientes, etc., la lista sería interminable. Incluso en casas dentro de un núcleo ciudadano se tenderá al aislamiento, por ejemplo colocándolas sobre una colina, como en Lovecraft, con lo cual siguen lejanas a la urbe. Sólo en los casos donde se utilicen viviendas urbanas céntricas normales se hará hincapié en la lejanía temporal, como en El exorcista (la iglesia católica usando técnicas medievales).
Así pues, siempre el terror ha estado unido a lo periférico, sea temporal y/o espacial. Y la pregunta ahora sería ¿cuál es nuestra periferia? ¿cuál es nuestro lugar del terror? Las mansiones son objeto de especulación, los bosques hay que protegerlos, y los castillos son paradores nacionales. Podría ser el universo inexplorado y futuro, lejano en el tiempo y el espacio, como en Alien, pero no tenemos que irnos tan lejos. La respuesta es nueva y propia sólo de nuestro modo de vida: los barrios periféricos marginales. Las torres o chabolas que contemplamos desde la carretera civilizada mientras deseamos que el coche no se nos pare. Esos barrios donde generalmente no entraremos nunca, y que imaginamos llenos de violadores, asesinos, ladrones, yonquis que nos arrancarían los ojos. Lugares inexplorados, cercanos pero lejanos. Llenos de lobos y monstruos deformes. Ya no el castillo o mansión, sino el bloque; ya no el bosque, sino las selvas de chabolas, pisos o chatarra. Ya no el vampiro, sino el heroinómano. He aquí la Tesalia.
Centrémonos en nuestra edad contemporánea. A comienzos del siglo XIX nos encontramos con la recopilación de cuentos que hacen los hermanos Grimm, recogiendo toda la tradición de historias de terror de la edad media. En efecto, Caperucita roja, Blancanieves, Hansel y Grettel, etc, son en su origen narraciones orales de miedo, dirigidas a adultos y niños (no existía por entonces la separación de espectáculos por edades), que los hermanos Grimm van dulcificando y aniñando, proceso que dura hasta el día de hoy con Walt Disney como ejemplo. Pero en un principio están llenas de madres (no madrastras) asesinas de sus hijos, de monstruos sedientos de sangre (el lobo invita a Caperucita a devorar las vísceras de su abuela), de castigos brutales (la madre de Blancanieves es condenada a bailar con zapatos al rojo vivo hasta que muere), y otras atrocidades. Pero interesándonos por las coordenadas espacio-temporales, diremos que estas historias se sitúan siempre también en la periferia: se pierden en el tiempo del medievo, y se colocan en el bosque como lugar característico del terror. El bosque representa las afueras, el exterior de los núcleos urbanos. En el medievo el lugar de los bandidos y de los últimos restos no cristianos, como dijimos al principio.
Este fenómeno se repite en el gran género del siglo XIX, la novela, que en el campo del terror cuenta con Drácula como su principal representante (con permiso del Frankenstein de Mary Shelley). Drácula remonta su maldición a la edad media, las afueras del tiempo, como estamos diciendo. De hecho ostenta el título de conde, reflejo de los tiempos oscuros en que la nobleza era la dueña y señora, frente al moderno presente donde ha sido desplazada por la burguesía triunfante. Su castillo, como espacio del mal, también refleja el medievo, y por supuesto está lejos de todo, y rodeado de un bosque. El título nobiliario y el castillo y los campesinos y el bosque (todos símbolos periféricos, frente a la burguesía, la ciudad y la industria, que ahora son el centro), también aparecen en Frankenstein. Transilvania, la periferia europea frente a París, Londres o Berlín, es la nueva Tesalia. La edad media, los nuevos tiempos míticos.
Y sin embargo, en este siglo un nuevo país, situado casualmente en las afueras del mundo, toma el relevo como dueño del terror fantástico. Nos referimos a los Estados Unidos, que incluso tienen un día, Halloween, dedicado al miedo. A partir de la tríada Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft y Stephen King dominan la literatura del horror moderno, y no haría falta extendernos en el poderío norteamericano en el cine (el otro gran formato) de terror, donde hay una monarquía absoluta.
Pero en los Estados Unidos no hay edad media, y las soluciones son varias: Poe colocará algunos de sus relatos en Europa, en instituciones medievales, como la Inquisición en El pozo y el péndulo; Lovecraft creará un tiempo mítico propio, donde surgen sus dioses demoníacos, o se remontará al siglo XVIII pre-independencia; King utilizará el pasado indio, como en El resplandor. Pero la periferia temporal no será el factor decisivo, sino la espacial. Esto es normal en un país menos preocupado por su historia (escasa) que por su expansión territorial, una constante desde su fundación hasta nuestros días. El castillo (medieval) será sustituido por la casa, casi siempre periférica, por supuesto: la mansión gótica Usher en Poe, la casa de la madre de Psicosis, el hotel en el bosque de El resplandor, el entrañable hogar familiar de La matanza de Texas, la cabaña de Posesión infernal o La noche de los muertos vivientes, etc., la lista sería interminable. Incluso en casas dentro de un núcleo ciudadano se tenderá al aislamiento, por ejemplo colocándolas sobre una colina, como en Lovecraft, con lo cual siguen lejanas a la urbe. Sólo en los casos donde se utilicen viviendas urbanas céntricas normales se hará hincapié en la lejanía temporal, como en El exorcista (la iglesia católica usando técnicas medievales).
Así pues, siempre el terror ha estado unido a lo periférico, sea temporal y/o espacial. Y la pregunta ahora sería ¿cuál es nuestra periferia? ¿cuál es nuestro lugar del terror? Las mansiones son objeto de especulación, los bosques hay que protegerlos, y los castillos son paradores nacionales. Podría ser el universo inexplorado y futuro, lejano en el tiempo y el espacio, como en Alien, pero no tenemos que irnos tan lejos. La respuesta es nueva y propia sólo de nuestro modo de vida: los barrios periféricos marginales. Las torres o chabolas que contemplamos desde la carretera civilizada mientras deseamos que el coche no se nos pare. Esos barrios donde generalmente no entraremos nunca, y que imaginamos llenos de violadores, asesinos, ladrones, yonquis que nos arrancarían los ojos. Lugares inexplorados, cercanos pero lejanos. Llenos de lobos y monstruos deformes. Ya no el castillo o mansión, sino el bloque; ya no el bosque, sino las selvas de chabolas, pisos o chatarra. Ya no el vampiro, sino el heroinómano. He aquí la Tesalia.
El terror, el pavor, siempre en la periferia... yo añadiría a las afueras de lo racional. Un terror que conlleva un misterio (algo oculto y secreto). Un pavor que en muchos casos como tu comentas son las fuentes del sentimiento religioso, que perdura en nuestras sociedades en formas de espectros, vampiros...
ResponderEliminarSiendo los agentes provocadores de miedo específicos de nuestro tiempo en occidente la gripe aviar, la gripe porcina o gripe A, el terrorismo fundamentalista islámico, los insaciables y desbocados mercados financieros, ¿puede decirse que nos encontramos ante un miedo distinto, por su causa desencadenadora y por el tipo de seguridad que hace anhelar, al miedo de épocas pasadas? A bote pronto, se me ocurre que a diferencia del miedo al inframundo urbano de los suburbios, que nos confirma -a quienes tememos a los suburbios- que nos encontramos en el centro del mundo -por seguir con los códigos espaciales anejos a la simbología del terror que propone el amigo Bonelli-, y a diferencia del miedo al holocausto nuclear, típico miedo, en mi opinión, de los años 80, que nos confirmaba que el "malo" lo era tanto y tan poderoso que la explosión de todo el poder del bueno para rechazar su agresión acabaría con el mundo, el miedo actual tiene algo de interiorización de ese rasgo de exterioridad común a lo terrorífico. Los terroristas son jóvenes ingleses o madrileños o barceloneses, hijos de inmigrantes que podrían integrarse si quisieran -al menos eso se nos asegura...- pero que prefieren odiarnos a muerte. Las gripes asesinas son efectos de mutacions genéticas; ya hubo una en el año 1918 y sabemos que cada tantos años se producen, y ya nos va tocando. Además, a causa de la globalización -algo tan nuestro, una palabra tan cercana- el contagio por gripe aviar en el sudeste asiático puede viajar rápidamente a Europa. Los mercados financieros: odiosos, claro, pero ¿hay algo más occidental que producir dinero con dinero? ¿Hay algo más opuesto a un suburbio que la torre del World Trade Center?
ResponderEliminarSi lo que nos produce miedo está aquí, y es producto, si bien que indeseado, del dinamismo de nuestra civilización -es indiferente ahora si juzgamos o no moralmente tal dinamismo- ¿qué seguridad nos llevará a anhelar tal miedo? La seguridad de la obsesión por la seguridad: los protocolos de limpieza y lavatorio corporal, las normas higiénicas, la aceptación resignada de la pantomima de registros para acceder a los aviones, los planes de pensiones privados. Todo lo necesario para sentirse algo más seguros. Lo suficiente para acrecentar nuestro miedo, multiplicarlo, y vivir presas de él.
Habrá que leer a los viejos epicúreos y a los sabios estoicos. Al menos, dedicado a leer, se libra uno de los riesgos del mundo exterior. (¡No! ¡Error! Los psiquiatras desaconsejan terminantemente ciertas lecturas a las personas con fuertes tendencias inadaptativas, podrían sufrir accesos psicóticos...)
La gripe aviar, porcina, etc..., son también periféricas, como el Sida, al cual al final se le buscó origen en África. Lo mismo los terroristas islámicos; y los mercados especulativos internacionales son entes anónimos exteriores a nosotros, son siempre un "ellos" de afuera, frente a un "nosotros", los de dentro.
ResponderEliminarSí, es innegable que el componente de exterioridad sigue vivo en todo aquello que causa terror en nuestra época. Como sigue viva, y seguirá mientras haya humanidad -vamos,digo yo- la irresistible tendencia a considerar que lo terrible siempre les pasa a otros: a otras culturas, a otras sociedades, a otras personas, al vecino incluso pero no a mí. Sin embargo, creo que es posible percibir una difuminación de los límites de ese afuera en del que proviene lo terrible, una creciente comunicación o contaminación entre las oscuridades exteriores y el hábitat del espacio que es nuestro, que es este de aquí. La gripe aviar procede del sureste asiático, es cierto, pero el riesgo de su propagación se debe a algo tan nuestro como la globalización. Cada vez es más fuerte la creencia de que el nuestro es un mundo globalizado, de que ya no hay fronteras o límites infranqueables para lo exterior, de que todo circula por todas partes, de que todo es copresente. Y la globalización ha sido impulsada por occidente principalmente, es cosa nuestra. La gripe A se extendió por Europa, y se nos concienció, preparó, tranquilizó o alarmó con la amenaza de una pandemia, o sea, del triunfo mortífero del nuevo virus aquí, amenazándonos y matándonos a nosotros.
ResponderEliminarEl caso del terrorismo islámico presenta más claramente el componente de exterioridad de lo terrorífico. Su origen es el Islam, bárbaro, atrasado, machista: nuestra Edad Media suele decir por ahí la gente de neuronas ligeras. El componente de exterioridad de lo terrorífico no ha de mirarse en cuanto a su localización actual, claro, -pues hay terroristas en Barcelona y en Londres- sino más bien en cuanto a su origen, a la región, costumbres, modos de vida, valores,que lo han producido. En cualquier caso vuelve a ser la globalización quien nos lo acerca tan peligrosamente. El caso de "los mercados financieros" es, por contra, el más claro respecto a lo que defiendo aquí. Desde perder los ahorrillos de toda la vida ganados a base de sacrificio en bolsa, o perder la entrada del piso por haber sido víctimas de un engaño sin posibilidad de ser resarcidos, ser timados por todo tipo de empresas vendedoras de bienes o servicios en los que hay dinero en juego, al menos lo hay para quien teme perderlo, aunque hablemos de cantidades de pobre, o, definitivamente, que el Estado quiebre y esto se vaya al carajo, como pasó en Argentina -diría o dice, una vez más, la gente- estos sí son miedos cuyas causas están localizadas en el interior, en el corazón mismo de nuestro mundo. Síntoma de ello podría ser el hecho de que la crisis -nombre del monstruo terrible de esta nueva forma de terror que nos llega desde dentro- esté provocando más pánico paralizador que reacciones de afirmación de lo propio contra el agente maléfico externo -como pueda pasar en el caso del terrorismo. Ante la crisis no hay "lo propio" que reafirmar porque es nuestro mundo el que está en crisis: nuestro modo de vivir, nuestros valores.
Lo cual que quizás el desmoronamiento de la política de las últimas tres décadas nos está dejando en occidente inmunes ante las amenazas del estado de naturaleza entendido en el sentido liberal, esto es, una sociedad de individuos que van a lo suyo, guiados por el cálculo de la mayor ganancia, y carentes de cualquier sentido de obligación o responsabilidad política. Y claro, a la mayoría esto nos acojona...
A mí me da la impresión que la ubicación del terror, sin dejar de estar, como dice Dani Bonelli, en los límites, se ha desplazado hacia el mismo interior de las personas. Las grandes preguntas de la reflexión moderna –aquello del "¿Qué puedo saber?", "¿Qué debo hacer?", "¿Qué me cabe esperar?"...– se han tendido a desplazar hacia un "¿Quién está hablando?", que desde luego es una pregunta más radical e íntima que el "¿Quién soy?". La interiorización pública de principios nacidos en la psicología, como la idea de que yo no soy EXACTAMENTE yo, aderezada con las múltiples deconstrucciones que se pusieron de moda posteriormente, ha convertido el límite interno de la conciencia en un límite hacia lo Otro. Creo que no hay miedo más atávico en el espacio cotidiano del hogar que la sospecha de que tu reflejo en el espejo sea el reflejo de otro, que haga algo inesperado. Es un tema recientemente revisitado en películas, pero no me hace falta verlas para entenderlo. El problema no es que uno sospeche que existen fuerzas ocultas en la imagen del espejo, sino que tu propia mente es capaz de exponerte al miedo, pues ella, y no tú, marca el límite. No hace falta, por tanto, ser creyente para ver monstruos.
ResponderEliminarY si esa alteridad de uno mismo se multiplica en la alteridad por excelencia que es la masa o en la concepción de un mundo compuesto de una materia bruta extraña a nosotros tenemos la receta de una parte importante del terror cinematográfico moderno, con sus apocalipsis médicos y sus zombies recorriendo vecindarios de clase media. Ya Lovecraft supo verlo, y por eso es el precursor: sus demonios mitológicos no tienen sentido ni alma, son pura materia ajena a toda percepción metafísica o moral, positiva o negativa. También supo ver lo liminal de la propia cotidianeidad: siempre recuerdo aquella ciudad perfectamente normal de la que un protagonista angustiado trataba de salir con el coche, sin lograrlo pese a no encontrar ninguna barrera física, llevado sólo por la desorientación.
Creo que tiene razón Daniel Castillo cuando ha sacado a colación la co-presencia, la simultaneidad de todo. El hecho de que un todo tan enorme y tan desvertebrado abrume a un individuo cada vez más privado de una articulación vital o moral, de una posición en el mundo, ha creado un vértigo en el que se inspira el terror moderno. Es un miedo que en su forma más sutil puedes encontrar en cualquier autobús a hora punta y que el poder sabe manejar con maestría.
Pero estas reflexiones a vuelapluma –disculpadme si disparatadas o superficiales– me llevan a otra reflexión que se me encadena a la anterior. Dani Bonelli recordaba que para los griegos el terror estaba en el límite: sea en un tiempo mítico o en el lugar más alejado. Pero también la riqueza, la culminación de todos los sueños, se encontraba en el límite. Las dos Iberias, la del Cáucaso y la hispana, tenían en común sus incontables riquezas en oro. Por eso el pobre Hércules tuvo que acabar visitando ambas en sus viajes. El Dorado siempre ha estado en los límites. Plutón no era sólo el dios de los muertos, sino de las fabulosas riquezas encerradas bajo tierra. ¿Dónde están los límites afortunados actualmente? ¿También han quedado encerrados dentro de nosotros? ¿Es el ubicuo Mercado (personifico a propósito), basado precisamente, gracias a la mano invisible de Smith, en nuestros vicios individuales? Tal vez por eso el Pánico y la Euforia son ahora atributos de ese Baco desenfrenado y exigente al que personificamos como Mercado.