En el año 430 antes de Cristo la peste asoló Atenas. El historiador Tucídides, superviviente de la hecatombe, la describe con gran realismo. Y dos son las consecuencias que prefiere destacar: (1) cambios socio-económicos, con ricos que mueren sin poder traspasar su fortuna (todos sus parientes han muerto) y pobres que se hacen con esos bienes; y (2) cambios morales, pues muchos abandonan las buenas costumbres por verse ya condenados, actuando sin miedo al castigo, mientras otros en cambio aumentan su devoción a los dioses, pidiendo la salvación.
Si en la antigüedad esta es la epidemia más famosa, en la edad media lo será la de peste negra del siglo XIV. También trajo enormes cambios socio-económicos, desde un aumento de los salarios por la escasez de mano de obra hasta la ruina de mercaderes por pérdida de cargamentos completos, pasando por fuertes desplazamientos de población. Asimismo cambios en la moral, desde el desenfreno que refleja Bocaccio en el Decamerón hasta las filas de flagelantes pidiendo perdón por nuestros pecados.
En el siglo XVII la más conocida es la peste de Londres, pero sus consecuencias empiezan a ser distintas, mucho menos graves en el terreno socio-económico o moral. De hecho, ya en la edad moderna, las epidemias de gripe, viruela o sida no traen en absoluto unos fuertes cambios en estos campos (el sida aumenta la protección, pero no reduce la homosexualidad ni la promiscuidad). Una razón es que ya no son tan virulentas como antes.
Y sin embargo, ¿no han dejado las pestilencias y epidemias varias ningún heredero, ningún digno sucesor? Para responder a esto, veamos quiénes eran sus grandes amigos, su querida familia.
El grupo más famoso donde encajar a la peste es el de los cuatro jinetes del apocalipsis. Aparecen brevemente en los primeros ocho versículos del capítulo VI, pero su éxito en el imaginario colectivo ha sido grandioso (a todos nos suenan). La epidemia aparece acompañada por el hambre, la guerra y la muerte. En realidad la muerte está un poco aparte (es la única a la que se denomina por su nombre, los otros son metáforas; y es el jinete final , un poco la consecuencia de los otros tres). Pero sería mejor, en la búsqueda de ese heredero, observar la representación más conocida de este delicioso cuarteto. Es la que nos da Durero en su grabado de 1498 (lo podéis mirar en internet, es uno de esos maravillosos dibujos renacentistas llenos de secretos).
En esta ilustración la muerte, confirmando lo dicho, aparece aparte, abajo del dibujo y aislada. Pero cuando plasma a los otros tres miembros, ocurre algo sorprendente: no están tratados de la misma forma, sino que el jinete del hambre (palabra antigua para designar las crisis o catástrofes económicas) aparece en el centro de la obra, dominando toda la composición y marginando a los caballeros de la guerra y la peste. El jinete del hambre es el protagonista, empuñando su balanza, símbolo múltiple e instrumento práctico de cambistas y financieros.
Aquí tenemos que buscar a ese heredero, en las crisis económicas (como la del 29, que alteró el orden socio-económico y moral, pensemos en el advenimiento de la república en España o del nazismo en Alemania); y parece que Durero acertaba viendo que realmente las guerras y epidemias son hijos de los conflictos económicos y la miseria.
De hecho resulta extraordinario ver la descripción que hace Daniel Defoe de la peste de Londres de 1664, probablemente la última epidemia "clásica", comparable por su virulencia con la de Atenas, y que por lo tanto nos sirve de transición entre el caballero de la pestilencia y el del hambre. Defoe realiza su narración en 1722, en una obra titulada Diario del año de la peste, y que sigue un esquema muy curioso. Comienza con la aparición de los primeros casos, pocos y de origen difuso; el número de enfermos sufre aumentos y estancamientos, pero poco a poco va creciendo hasta que la enfermedad crece a pasos agigantados. Se llega al clímax, con un panorama desolador. A partir de aquí, descensos y estancamientos, hasta que finalmente la epidemia se considera superada. Exactamente el mismo esquema con el que describimos las crisis económicas.
Y si los desastres económicos han tomado el relevo de las pestes, sería interesante ver cómo se articulan sus causas y soluciones. Tradicionalmente las pestilencias eran explicadas de dos maneras: una racional, donde la enfermedad era vista como un fenómeno de causas naturales, con soluciones (si las había) naturales. Y una manera religiosa, mítica, donde la enfermedad se percibía como un producto de nuestros pecados, que provocaban un castigo divino . Y sólo una conversión moral calmaría la plaga.
En la actualidad ocurre lo mismo. Las crisis económicas presentan dos explicaciones: una racional, donde las causas se buscan en la propia dinámica de los procesos económicos, y ahí están sus soluciones. Y otra mítica o religiosa, donde los orígenes del desastre se buscan (como antes) en los pecados humanos: la pereza, de quienes quieren ganar dinero sin trabajar (economía especulativa); la corrupción (de los servidores públicos); la mentira (de los balances, públicos o privados), la estafa (en poderosos tinglados), la soberbia, lujuria y ambición (de quienes quieren ganar demasiado), etc. Para los que defienden esta explicación (actualmente creo que la mayoría) la solución la tenía ese viejo clérigo loco medieval, que a las masas aterrorizadas por la peste gritaba ansioso: ¡arrepentííííos...!
Y si los desastres económicos han tomado el relevo de las pestes, sería interesante ver cómo se articulan sus causas y soluciones. Tradicionalmente las pestilencias eran explicadas de dos maneras: una racional, donde la enfermedad era vista como un fenómeno de causas naturales, con soluciones (si las había) naturales. Y una manera religiosa, mítica, donde la enfermedad se percibía como un producto de nuestros pecados, que provocaban un castigo divino . Y sólo una conversión moral calmaría la plaga.
En la actualidad ocurre lo mismo. Las crisis económicas presentan dos explicaciones: una racional, donde las causas se buscan en la propia dinámica de los procesos económicos, y ahí están sus soluciones. Y otra mítica o religiosa, donde los orígenes del desastre se buscan (como antes) en los pecados humanos: la pereza, de quienes quieren ganar dinero sin trabajar (economía especulativa); la corrupción (de los servidores públicos); la mentira (de los balances, públicos o privados), la estafa (en poderosos tinglados), la soberbia, lujuria y ambición (de quienes quieren ganar demasiado), etc. Para los que defienden esta explicación (actualmente creo que la mayoría) la solución la tenía ese viejo clérigo loco medieval, que a las masas aterrorizadas por la peste gritaba ansioso: ¡arrepentííííos...!
No puedo extenderme mucho en mi comentario porque no me cogen los caracteres, pero voy a intentarlo: Tal vez a este blog deberías haberlo llamado AMISTADES PELIGROSAS, en este caso mortales. Nos presentas un nuevo salto mortal, una nueva manera de seguir indagando, buscando pistas en esa historia de la locura del hombre. Tres pestes, en cada una de ellas un nuevo pensamiento resurge, la primera muere Pericles, pero Sócrates es la figura, el estandarte, en la segunda Occam y en la tercera Newton, que la vivió también de primera mano. Buscando en internet encuentro una epidemia moderna que se llevó nada menos que 40 millones de almas: la llamada "gripe española", en 1918, más que la primera gran guerra. Las crisis económicas también son ahora menos virulentas que antaño, el gran monstruo del capitalismo sabe generar sus mecanismos de control de las crisis cíclicas de la producción, esto lo sabe bien Habermas. Ánimo Dani, saludos
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