Se cuenta, y nunca sabremos si es verdad, que Adolfo Hitler responsabilizaba durante los últimos días de su resistencia en el búnker de Berlín, al pueblo alemán de la derrota en la guerra. Y si él debía morir, también se lo merecía Alemania entera. Postura totalmente coherente con lo que era el régimen, que proclamaba una idenficación del pueblo con el líder, en un destino común. La culpa y la responsabilidad de lo ocurrido eran de todos.
Esto trajo problemas a los países vencedores. Que los alemanes habían apoyado al nazismo era indudable. Y sin embargo era impensable la demonización o el exterminio de Alemania, lo mismo que del Japón. Se puede aducir que todos los aliados necesitaban a los alemanes para la futura guerra fría, o que la experiencia de tratados de paz duros como los de Versalles en la 1ª mundial traían más conflictos. Pero lo principal era que desde la mentalidad democrática capitalista o comunista soviética, no tenía cabida la idea de un pueblo culpable. El concepto de culpa colectiva había desparecido en 1945 de occidente.
Y sin embargo había sido una idea básica de nuestra cultura. El cristianismo afirmaba que todos compartíamos la culpa por los pecados de nuestros primeros antepasados (Adán, Eva, Caín). Por las faltas de esos pocos, todos habíamos pagado: con la expulsión del paraíso. La culpa de unos individuos se convertía en culpa colectiva.
Por la parte pagana las ideas son a veces muy parecidas. No es raro en Grecia observar cómo el pecado de un persona concreta ensucia a toda su familia y a sus descendientes, incluso a la ciudad entera, y por varias generaciones. Los dioses permiten que caiga Troya por el adulterio de Paris. Los espartanos atacan a Pericles, el líder ateniense, acusándolo de impío por acciones dudosas hechas por sus antepasados más de 100 años antes. Tito Livio nos cuenta que acciones de romanos particulares provocaban la ira de los dioses sobre la urbe entera. Las culpas individuales podían transformarse en colectivas.
Todas estas ideas eran coherentes con un mundo donde la herencia y el grupo constituían la base de nuestra identidad, de lo que éramos. La pertenencia a un grupo u otro, como la nobleza, una familia, la iglesia, la ciudad, un gremio, nos definía. Dentro de ese grupo, además, compartíamos privilegios, lo cual conllevaba compartir culpas. Heredábamos títulos, pero también maldiciones.
Esta solidaridad es la que cambia la burguesía con sus revoluciones a finales del XVIII. Para los ideales burgueses ilustrados, se deben eliminar los privilegios por nacimiento: un plebeyo y un noble deben ser iguales ante la ley. Y también los privilegios de grupo: desde los monopolios de los gremios hasta la exención fiscal de la iglesia. Y si se eliminan las ventajas de pertenecer a un grupo o de nacimiento, la culpa colectiva, que uno hereda o comparte, se convierte en algo absurdo. En esta época es cuando realmente nace la individualidad. Cada uno solamente responde por sus propios actos.
Pero esto no supone el fin del problema, sino que este adopta otra forma en los siglos XIX y XX. Las culpas se convierten ahora en los defectos (porque los defectos son los que nos llevan al delito, a la culpabilidad). Y los grupos quedan reducidos a razas. Es la ciencia la que insufla aires nuevos a la vieja cuestión.
En concreto la evolución de Darwin y la genética de Mendel. Es decir, si los caracteres físicos se heredan, ¿por qué no los psicológicos, como los defectos y virtudes? De hecho en todo el XIX y comienzos del XX es muy popular la frenología, donde a través de rasgos físiológicos (por ejemplo rasgos de la cara o de la cabeza) se busca conocer las actitudes del sujeto. Como cuando ahora seguimos diciendo que alguien tiene cara de malo. Se une lo físico con lo mental.
Así, si una raza hereda determinadas características físicas, ¿no heredará también sus vicios y virtudes? La raza nórdica será trabajadora, valiente y emprendedora, la mediterránea perezosa y juerguista, la negra perezosa y tonta, la judía cobarde y llena de resentimiento y odio. Así se funda el racismo moderno.
El desprecio nazi contra los judíos no viene porque los consideraran a todos culpables de haber hecho algo malo (pensemos en un simple bebé) sino por tener unas disposiciones naturales que seguramente los llevarían al mal ( a ser culpables). De este modo,con el apoyo de la ciencia, renace el concepto de culpa colectiva.
Sin embargo, al ser los fascismos los que toman este camino, y perder la guerra, su derrota supone la muerte de esta rama de la ciencia, y por lo tanto del nuevo concepto de culpa. Los comunistas primero, y las democracias capitalistas posteriormente poco a poco, la desechan.
Las democracias, como oposición a las dictaduras, se construyen por lo tanto con la idea contraria. Si en la Alemania nazi los judíos eran culpables, y al final de la guerra, hasta los propios alemanes, en las democracias, del tipo que sean, la culpabilidad de un pueblo es impensable. Lo que une a los conservadores, los progresistas, los pro-sistema, los revolucionarios, los reformadores y los antisistema es básicamente eso: la desaparición de la culpabilidad popular. Es el pensamiento mínimo que todos comparten, lo que realmente significa democracia, aunque luego cada cual la piense de un modo u otro. El pueblo siempre es inocente.
Ante la actual crisis los culpables serán siempre otros: algunos politícos, o todos (como si nadie les hubiera votado), los banqueros (cuando la mitad del sistema son cajas de ahorro dirigidas por los partidos, a los que mucha gente vota. o como si no hubieran sido los particulares mayores de edad los que pedían las hipotecas), los constructores (como si una enorme cantidad de pisos no los hubieran comprado ciudadanos deseando especular), etc. Es la característica principal de la democracia. Lo que los aliados hicieron con los alemanes al acabar la guerra: los malos son cuatro o cinco que han engañado, hipnotizado al pueblo, que, sorprendentemente, es inocente. Lo que ocurre con el deporte principal, el fútbol: la afición siempre es magnífica, aunque haya apoyado a mafiosos y estafadores reconocidos, que son los únicos malvados. Lo que ocurre con cualquier acto terrorista: es una minoría fanática sin apoyo de la gente. Lo que pasa con la educación, uno de los principales transmisores de valores del sistema: en este caso el pueblo son los alumnos, a quienes se enseña que son inocentes; los culpables del fracaso escolar son los profesores, o la administración, o el ambiente familiar, o la televisión o el consumismo. Siempre otros.
Política, economía, deporte, terrorismo, educación. Siempre el mismo esquema de culpabilidad.
Es impensable pedir un castigo colectivo. Totalmente ilógico algo que antes no lo era. Tenemos un ejemplo de cómo se contruyen los límites en que puede pensar una cultura. De cómo se fabrican las puertas de Tannhaüser.