miércoles, 2 de febrero de 2011

Mi nombre es legión.

 Marco Valerio Marcial, recién llegado a la Roma de finales del siglo I desde su cateta ciudad de Hispania, tenía el sueño de convertirse en poeta de éxito. Probablemente al principio fue apoyado por Séneca, pero al caer éste en desgracia tuvo que buscarse la vida como podía. Desde sus primeros libros utiliza varias tácticas: anunciar en sus propios poemas la librería donde se venden, adular hasta la saciedad a diversos protectores, criticar a los que le copian los versos. La figura del protector era fundamental para un poeta, aunque fuera (como es el caso) un creador de éxito: la falta del concepto de propiedad intelectual hacía muy problemática su existencia comercial. De ahí la constante crítica a los plagiadores.
 De hecho no existía la noción de derechos de autor. Si al poeta le robaban un papiro con versos, algo material, podría denunciar el robo, y los ladrones serían castigados. Le habrían quitado una mercancía. Pero si alguien robaba la idea de esos versos (algo espiritual, un producto del intelecto), nadie podría reclamar nada (de hecho le copiaban literalmente, como él denuncia, pero nunca hubo ningún juicio). Es decir, lo espiritual (como una idea) no se considera mercancia.
 Trasladado esto al ser humano, nos encontramos con que en la antigüedad el cuerpo (algo físico, material), es una mercancía, y por eso existe la esclavitud legal. Pero las almas, como entes espirituales, no entran en este mundo del comercio y el mercado, como hemos dicho antes. Por eso en toda la mitología grecorromana no existe el tema de la compra de almas.
 Y esto en una sociedad donde lo espiritual campaba a sus anchas. Genios y dioses (de mayor o menor poder e importancia), pululaban por todas partes: en los hogares (los dioses lares), en los cruces, los templos, en una puerta, en un jardín, en un animal, en un tejado. Lo espiritual era cotidiano. Estando ya Marcial en Roma, Vespasiano y Tito celebraron su triunfo sobre los judíos. Homenajearon en el desfile a los genios protectores que vivían en el arco del triunfo.
 Pero que lo espiritual no sea mercancia cambia radicalmente con la aparición del cristianismo. La nueva religión trae algo inédito: un dios que tiene un antidios (el demonio o los demonios). Entre ellos hay una batalla perenne, cuyo botín son las almas, lo espiritual. De este modo los cristianos empezarán una lucha continua cuyos objetivos no son tierras, ni fortalezas, ni minas, ni oro, ni tributos (que también todas estas cosas, por qué no), sino almas, que de este modo pasan a ser botín de guerra para el bando del Señor Nuestro Dios. Las almas se convierten en bienes de conquista, en mercancia valiosísima, que justificará desde las campañas de Carlomagno contra los paganos, hasta la conquista de América, pasando por la destrucción de herejías varias.
 Y en consonancia con esto, aparece en el imaginario occidental el tema de la compra de almas por parte del demonio, incluso con su contrato comercial correspondiente. Es el tema del Fausto de Goethe, una de las obras inaugurales del predominio alemán sobre la cultura europea moderna. Las ánimas se han convertido en mercancia por partida doble.
 Ahora bien, las guerras de religión del siglo XVII son tan brutales y agotadoras económicamente que la conquista violenta de almas cae en descrédito, concluyendo de este modo el fenómeno de los conflictos por las almas entre diferentes fes (y la visión de las ánimas como botín). Y a hilo de esto el racionalismo ilustrado de los siglos XVII-XVIII va también arrinconando a los pactos comerciales con el diablo. El propio Goethe elige a Fausto porque es un personaje del renacimiento, es decir, del pasado. En su presente (finales del XVIII y principios del XIX) ya no caben estas prácticas.
 Sobre la desaparición del alma como mercancía que se produce entonces a lo largo de los siglos XVII-XVIII surgirán los modernos derechos de autor y las patentes. Si el alma ya no es objeto de mercado, el capitalismo incipiente construirá una nueva mercancía, también espiritual: ideas, poemas, personajes de fantasía, conceptos, tramas imaginadas, etc... Nuevos productos que crean nuevos mercados, con sus propias leyes de propiedad (intelectual).
De este modo el ser humano ha sido desgarrado por la Historia. Si consideramos al hombre como un compuesto de alma y cuerpo, o de mente y materia, división clásica desde el comienzo de la filosofía y la ciencia, nos encontraremos con un proceso en dos direcciones. Por un lado el cuerpo, lo material, que siendo mercancía (que puede ser comprada y vendida) en la antigüedad, pasa, poco a poco, con el cristianismo y el capitalismo liberal, a colocarse fuera del mercado (en la actualidad ya no hay subastas de esclavos). Y en dirección contraria, lo espiritual, que pasa de una antigüedad donde no existe como mercancía (las almas no están en compra-venta y los productos del espíritu son de todos, pueden ser copiados a discreción) a una mercantilización masiva, primero de las almas, y posteriormente de los objetos espirituales humanos (como las ideas creativas con su copyright).
 La imagen del hombre ya no es la del auriga de Platón, intentando controlar los caballos alterados que tiran de su carro. Es la de un hombre arrastrado por caballos que van en direcciones contrarias, descuartizado por los siglos de los siglos.
 

8 comentarios:

  1. No cabe duda que te felicito por el texto, lo siento soy fan, ¿quién se beneficiaba de los cuerpos de los esclavos?, indudablemente sus dueños, sus amos. Con el critianismo la cosa cambió como comentas en tu texto, porque a esta gente le importaba un carajo su cuerpo, con el critianismo la rentabilidad de unos esclavos medio suicidas no es demasiado rentable, veamos qué dice de ellos Tácito en Anales, 15, 44: “Nerón, para evitar que lo declararan culpable del incendio de Roma, declaró culpables a los cristianos e hizo que los mataran cruelmente. Era gente aborrecida por su infamia, a la que el vulgo llamaba cristianos a causa del fundador de la secta, Cristo, que fue castigado con la pena de muerte […]A pesar de que esta secta perniciosa fue reprimida durante bastante tiempo, volvió a las andadas y no sólo en el lugar donde nació sino en Roma, que es el lugar de encuentro y algo así como la cloaca de todas las porquerías del mundo. Se les injurió cubriéndolos, después de muertos, con pieles de animales salvajes y haciendo que los devorasen los perros o quemándolos en cruces para que alumbraran las calles. Aunque esos miserables no fueran inocentes y se merecieran los suplicios más crueles, no por ello la gente dejaba de compadecerse de ellos, porque el emperador no los mataba por utilidad pública sino para satisfacción de su crueldad”
    Luciano, en su obra “Sobre la muerte de Peregrino” dice: “Estos miserables desprecian todo, incluso la muerte, porque tienen la esperanza de la inmortalidad y se ofrecen voluntariamente a los suplicios”.
    Coeffeteau, en la Historia romana dice: “el odio contra los cristianos era tan grande en el Imperio Romano que se les acusaba de ser los causantes de todos los males que ocurrían en él, de tal manera que si el Tíber crecía o el Nilo no subía lo suficiente, si el cielo se detenía, si la tierra temblaba, si llegaba una hambruna o una epidemia, el pueblo enfurecido contra ellos, gritaba que había que echarlos a los leones y demás bestias feroces”.
    O sea que en un principio debieron de ser una especie de escoria despreciable, pero se les encontró el filón, si no podemos tener su cuerpo habrá que comercializar con su alma y con la promesa en una vida después de la muerte. Entonces ya nos podremos beneficiar de sus cuerpos en esta vida,¿quién se sigue beneficiando de sus cuerpos?: los señores (como siempre), ¿quién se beneficiará, en un futuro posible, de sus almas?: Dios y el demonio.
    Como comentas en tu texto la crisis del critianismo aparece cuando se hace imposible racionalizar la maldad y extraordinaria patencia de la injusticia por doquier y que exista un Dios que permita semejante estado de cosas. Spinoza me parece que hizo las veces de un ateo para su época, debido a su Deus sive natura, a quien se le ocurre semejante barbaridad introducir en la naturaleza de lo máximamente espiritual lo material, ateo, hereje…., dedícate a pulir lentes y déjate de jodiendas, coño, debió de pensar más de alguna “vaca sagrada” de la época.
    La última parte de tu texto es el liberalismo puro, no sólo se convierte en mercancía el cuerpo físico que trabaja para el beneficio del capital a cambio de un salario de subsistencia (esclavo), sino que ahora los productos intelectuales, las ideas se han independizado, se han objetivado y por ello se puede comercializar con ellas, Popper estos objetos intelectuales del conocimiento los coloca en el Mundo 3 (primero pensó ponerle el nombre de tercer mundo, pero se ve que no era demasiado correcto políticamente…).
    Al final siempre son los mismos los fuertes y poderosos los que humillan y utilizan a los ignorantes como yo y como tú, como él, como nosotros, vosotros y aquellos, para sus intereses y para preservar el sistema y el mercado. Saludos.

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  3. Sí, la carne es venal, querido Dani, pero la materia puede sólo ser comprada por materia; lo material constituye la 'merx', que atañe Mercurius. Lícito es comprar cosas con cosas. La ganancia es material y así tiene que ser. Tráfico. Intercambio. Ganancia. Interés.
    También lo inmaterial -espiritual quizás, alma, 'mens'- puede de igual forma ser objeto de intercambio: me viene a la mente aquel terrible dicho de 'amor con amor se paga'. Terrible en cuanto al verbo, pero absolutamente descarado y certero. Amistad con amistad. Charla con charla. Guiño con guiño. Es pasear juntos. 'Licet'.
    La abominación surge cuando mezclamos lo inmiscible y caemos en la ilusión de transponer ambos planos, tangible e intangible, intentando intercambiar lo que no es lícito que intercambiemos. No hay que juntar el culo con las témporas, que con éstas pensamos y con aquél cagamos. No valoro. Probablemente sea más útil cagar que pensar.

    Y si alguien va de putas buscando amor eterno, ¿qué dirán de él sino que es un necio? Así pues: mil veces a Marcial le roben sus papiros, que sus versos, 'ἔπεα πτερόεντα', no pueden ser robados. Sus palabras se las lleva el aire y de ese aire todos respiramos.

    (Moreleja desafortunada: que le den por culo a la ley Sinde)

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  4. Bueno chicos, ya está bien de comernos las poyas…
    Amigo Bonelli: tengo la impresión de que el planteamiento de tu texto incurre en algún que otro anacronismo. Proyectas categorías culturales propias de ciertas épocas sobre otras que les son extrañas y en las que no pueden manejarse por tanto para extraer conclusiones al modo en que tú lo haces.
    Te refieres a la dualidad del cuerpo y el alma como visión del ser del hombre propia de la Antigüedad, y afirmas que lo que se compraba en la institución de la esclavitud eran los cuerpos, mercancías, no las almas. ¿No sería más bien el alma junto al cuerpo lo que se compraba al comprar esclavos? Aristóteles justifica la esclavitud apelando a las carencias del alma del esclavo, ya fuera doméstico o bárbaro. Los esclavos, para él, nacían esclavos, ya lo sabemos. Por otra parte, que todo estuviera “lleno de dioses”, ¿no puede entenderse, dándole la vuelta, como que en lugar alguno había pura y sola materia? Los atomistas afirmaban esto último, pero la filosofía atomista –en Lucrecio se advierte con mucha claridad- se desarrolló empeñada en una lucha tenaz contra las creencias y supersticiones del pueblo, que para nada eran materialistas en el sentido que aquí le damos. El concepto de cuerpo no sólo distinguible, sino separable del alma, separable por ejemplo en el caso de la compra del (cuerpo del) esclavo, ¿no es una proyección nuestra, cartesiana y moderna en general, sobre el mundo antiguo? El propio Platón afirmaba que en el alma humana sólo la parte racional era divina e inmortal, siendo las pasiones, los sentimientos, los deseos, las opiniones erróneas, producto de la unión del alma al cuerpo: límites borrosos, fronteras difuminadas entre espíritu y materia. La propia Idea de la Belleza, a diferencia de las demás, podía estar presente en los seres sensibles. Por volver a lo de los esclavos, los esclavos podían, y no sólo en casos excepcionales, entablar relaciones afectuosas con sus señores, ya que formaban parte de la familia.

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  5. (Continuación del anterior)
    Tal vez proyectamos en exceso lo que sabemos o creemos saber sobre el esclavismo moderno al hablar de la institución antigua de la esclavitud. Los siglos de mayor volumen del comercio moderno de esclavos son el XVII y el XVIII (por supuesto en el XVI los españoles esclavizaron pueblos enteros de indios, pero no los obtuvieron en un comercio europeo de esclavos). El esclavo moderno es un animal, posiblemente este modelo de esclavitud sí está pensado e instituido cada vez con más fuerza sobre la categoría moderna de mercancía: cosa que se compra y se vende y cosa que circula para que el dinero se reproduzca. La constitución de los Estados Unidos de América, para quitarse de en medio el engorro de los derechos de los esclavos, los consideraba no-hombres. Un esclavo era una cosa del propietario, del que había pagado por él en una transacción lícita. ¿No es sólo aquí donde se le niega el alma al esclavo, donde al comprarlo y venderlo se están comprando sólo cuerpos, toda vez que se les niega el alma?
    Para terminar, respecto a eso de comprar y vender, ¿podemos entender qué significaban esas palabras, qué suponían los actos referidos por ellas más allá de los siglos que alumbraron al capitalismo? En nuestro mundo TODO se compra y se vende. Lo que llamamos alma, presencia de la eternidad en nosotros y apertura a Dios en nosotros según la tradición cristiana, es hoy casi plenamente un producto de procesos de creación de opinión. Ya no hay almas, más bien solo pura inmanencia de opiniones y sentimientos prefabricados que nos obligan a comprar. Nos quieren forzar a pagar por las ideas, por supuesto. Pocos negocios tan rentables como el de las patentes industriales de todo tipo, y no se diga si se trata de las patentes químicas sobre pastillitas para el alma: para dormir, para ser felices, para no ser demasiado desgraciados, para chingar, para estudiar, etc. etc. ¡Qué gran negocio ese de convencernos para pagar por (supuestamente) profundizar en las oscuridades de nuestras almas para sacar a la luz eso que nos duele!. Lo que se llama “llevar una vida sana”, hablando ahora del cuerpo, pasa por comprar todo tipo de productitos de higiene, alimentos “bio”, pagar a especialistas de esto y lo otro en relación a nuestro bienestar, pagar cuotas de gimnasios, etc. etc. En general, ser alguien requiere tener mucho dinero, por supuesto.

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  6. Respetado y admirado Dani:
    Está claro que en la antigüedad podemos encontrar textos sobre el alma que afirmen lo que tu defiendes (podemos encontrar textos para casi todo), es decir, que también se vendía el alma junto con el cuerpo. Pero desde luego, ateniéndonos al momento de mayor auge de la esclavitud, que coincide con el esplendor de Roma, la filosofía dominante entre la clase poseedora es el estoicismo, donde se afirma que el alma del esclavo puede (y debe) seguir siendo libre. Entre otras cosas por eso se pueden establecer lazos de afecto fuertes, como tu afirmas.
    Un abrazo, golfo.

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  7. Veo que ésta es una discusión antigua, pero no me he resistido a meter baza, por muy extemporánea que ésta sea. Con esa lucidez sintética que le caracteriza, Dani vuelve a llevarnos desde la Antigüedad hasta el día de hoy siguiendo una conexión. Es aceptable que se le permitan licencias al hacerlo. Una de ellas podría ser la generalización de la dualidad cuerpo-alma hasta la Antigüedad previa al período tardorromano, y tal vez sea legítima en cierta medida la reserva que plantea uno de los interlocutores ante la idea de que en la venta del esclavo se consideraba vendido el cuerpo, no el alma. Pero creo que ello no toca la base del argumento. Aunque no se expresara netamente esta oposición, es cierto que el esclavo antiguo -y en ello se distinguía de las esclavitud cristiana moderna, vinculada a diferencias raciales "insuperables"- no era esencialmente distinto del "ser humano" en general. La esclavitud era una accidente, en el que se podía caer por la guerra, nacimiento o incluso voluntad propia (incluso por deudas, como sigue ocurriendo hoy (habla un hipotecado)), pero del que también se podía salir. De alguna forma era la actuación externa del hombre, no su esencia, la que pasaba a apropiarse.
    Ya que quienes han intervenido antes han adoptado una perspectiva griega y filosófica, adoptaré yo una complementaria: romana y jurídica. Pese a la descripción aparentemente tajante que hace Varrón del esclavo como la parte "parlante" del capital fijo de una finca (es el sentido de la célebre expresión "instrumentum uocale"), la cultura jurídica romana siempre fue consciente de la particular complejidad del esclavo como objeto de compraventa. La conciencia de la singularidad del esclavo como “mercancía” ocasionó incluso notables vacilaciones en cuanto a si realmente debía considerarse merx y por tanto su traficante (venalicius, venaliciarius, mango) un mercator. Se pueden ver estas vacilaciones en Cicerón (Cic.Or.232; cf. Quint.Inst.9.4.14), Séneca (Sen.Ben.4.13.3) y en juristas como Africano, Fabio Mela (D.50.16.207.pr. (Afr. 3 Quaest.)) o Ulpiano (D.14.4.1.pr.-2 (Ulp. 29 ad ed. aed. cur.)). Entre otras peculiaridades del esclavo en cuanto a las transacciones destaca la forma en que Roma resolvió el problema de mercadear con "almas": la compraventa de esclavos dio lugar a una jurisdicción específica, la creada por el edicto de los ediles curules, que introdujo en los contratos de compraventa de esclavos una estipulación de garantía por vicios ocultos en la compraventa de esclavos. En suma, dada la dificultad de conocer si el esclavo te "saldría malo", el vendedor debía advertirte de buena fe de todas aquellas señales que permitieran anticipar comportamientos indeseados, por ejemplo, que el esclavo tendiera a escaparse. Junto a este tipo de especificidades contractuales y otras de tipo fiscal, es cierto que desde el final de la República, y muy especialmente -como dice Dani- bajo influencia estoica (pero no sólo) se fue desarrollando un concepto de "humanitas" que definía aquello que era propio y común a todos los seres humanos, con independencia de su condición jurídica, y que debía ser tenido en cuenta tanto en las sentencias judiciales como en los actos morales. Ciertamente esa democratización de la "humanitas" era la otra cara de la devaluación del privilegio de la ciudadanía, pero eso es otra historia. Lo cierto es que, de alguna forma, los clásicos adivinaron que lo profundo del hombre quedaba más allá de su condición servil o libre. Hacía falta un Dios con los títulos de propiedad de las almas para que estas pudieran ser objeto de compraventa.

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  8. Y sigo...
    Con respecto a la evolución del lucrativo negocio de la venta de almas tras las guerras de religión sólo me gustaría añadir varias apreciaciones. Primera, que sigo considerando, aunque no esté de moda, que el primer Marx advirtió perfectamente de los tremendos riesgos implícitos en el concepto de compra del tiempo de trabajo, bajo una cosmovisión liberal que, consciente o inconscientemente, trata de reducir el conjunto de la realidad a objetos homogéneamente susceptibles de compraventa. En sus tiempos discusiones como la de la "ley de bronce" de los salarios (que algunos hemos tenido que recordar en los últimos años al despertarnos agitados del sueño de la Superespaña) hacían fácilmente perceptibles los monstruos que se ocultaban bajo la afable sonrisa liberal. Probablemente para muchos es más difícil verlos bajo conceptos hoy tan gratos a los economistas como "capital humano", la mejor traducción cultural que se me ocurre al "instrumentum uocale" de Varrón. En definitiva, la idea es que incluso el talento más excepcional puede ser reducido a un factor productivo, cuantificable en términos de cualquier otro factor productivo y cuyo desarrollo puede producirse mediante la mera aplicación de otros factores productivos. O sea, dale suficiente forraje a un científico y tendrás en el momento preciso la idea que necesitas. Nuestra estimada Sinde ha contribuido a generalizar en el ámbito de las ideas la misma aberración que la Coca Cola ha logrado en el ámbito del agua en Latinoamérica: introducir en el sistema económico lo que se escapa a él y someterlo de esa forma a la dictadura de la propiedad y la compraventa. En suma, se trata de descomponer un horizonte mental en un número cuantificable de "objetos espirituales", darles dueño, ponerles valor y lanzarlo a los mercados. Se ha logrado no sólo convertir el alma en un objeto palpable y medible, sino dividirla en porciones cómodas para el consumo. De nuevo la economía ha mostrado ser una religión más perfecta y sublime que el cristianismo: in God we trust.
    Pido benevolencia para mis desbarres finales y agradezco de nuevo a Dani, aunque demasiado tarde, su gratuito suministro de ideas.

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