Según la leyenda, en el año 753 a. C. dos hermanos, que habían sido amamantados por una loba, disputaron por la fundación de una ciudad. Eran Rómulo y Remo, y la ciudad, Roma. Cuál de los dos tendría el derecho a fundarla lo decidirían los dioses; el problema era comunicarse con ellos. ¿Cómo nos hablaban los seres celestiales? ¿Cuál era el lenguaje de los dioses?. Para los romanos era visual: en este caso la aparición de unos buitres. Remo los vio primero, pero después Rómulo los vio en más cantidad. La cuestión se zanjó con un combate mortal.
Dieciséis generaciones antes, Eneas, antepasado de los dos hermanos, y huyendo de la Troya arrasada por los griegos, desembarcó en el Lacio y también buscó presagios favorables para una fundación. También fueron visuales: en este caso una cerda que amamantaba a sus numerosos lechones, que simbolizaban el poderío futuro de Roma.
De este modo los hechos principales de los orígenes romanos vienen marcados mitológicamente por imágenes. Los dioses nos comunican sus deseos mediante aquello que podemos ver. Así, los oráculos de la Sibila (los más importantes de Italia) eran varios textos que según la leyenda había entregado una vieja misteriosa, y eran leidos, observados, cuando era preciso consultarlos.
Y sin embargo en Grecia la cosa es muy diferente. Los oráculos de los dioses, donde los olímpicos nos comunican sus designios, no son visuales, sino sonoros. No lo que vemos, sino lo que escuchamos. En el más importante, el oráculo de Delfos, la Pitonisa transmitía con su voz los mensajes de Apolo, así como en Dídima, donde también se adivinaba en su nombre. En Dodona, la encina sagrada comunicaba a Zeus con los humanos mediante el sonido de sus hojas. En la cueva del dios Trofonio las predicciones se elaboraban mediante la interpretación de los desvaríos hablados del consultante. Casi todos los principales oráculos griegos hablan, se escuchan. No en vano el gran dios de la adivinación, Apolo, es también el dios de la música.
Cada uno de los dos pueblos imagina a sus dioses de manera distinta: los griegos los escuchan; los romanos los observan. De este modo, y esto es lo importante, en la Hélade dominará el sonido; en Roma, la imagen.
Así, la obra principal de la literatura griega, la Ilíada, es una narración de tradición oral, sonora, frente a las principales obras latinas, que nacen de la imagen escrita.
Los espectáculos helenos son fundamentalmente sonoros. El teatro, principal diversión pública en la Grecia clásica, ya sea la comedia o la tragedia, es básicamente palabra hablada. Apenas había escenario e incluso los actores llevaban máscaras, que impedían ver sus gestos pero aumentaban la potencia de la voz.
En Roma los espectáculos principales eran las luchas en el anfiteatro o las carreras en el circo, donde lo visual tiene el predominio absoluto.
Aún más importante es la consecuencia de esta división para la propia identidad de cada pueblo. Para los griegos su identidad venía dada por el idioma, es decir, por su sonoridad. Era griego el que hablaba (sonaba) griego. La propia palabra bárbaro (que significaba extranjero) deriva de cómo escuchaban a los que no eran helenos, que a ellos les parecía que balbuceaban, ba-ba-ba. Incluso dentro de la misma Grecia, la división entre jonios y dorios se establecía por sus diferentes dialectos, sus diferentes sonoridades. Esta clara diferenciación de lo griego frente a lo extranjero, y de los griegos entre sí, sería a la larga una de las causas de su ruina.
En Roma, al predominar lo visual, se construye una identidad mucho menos estrecha, donde cualquiera con forma de humano puede ser romano. De hecho, la ciudad se engrandece desde el principio por admitir continuamente nuevos ciudadanos, de todas las razas, costumbres y lenguas. Esto será la base de su futura grandeza.
Y en el ámbito del pensamiento las consecuencias son decisivas. Los griegos, al discriminar la vista, tenderán a pensar que la realidad que se ve esconde otra realidad más profunda, que es la base sobre la que en un principio nacerá la filosofía. En Roma el predominio de lo visible les llevará a un deseo de imágenes, que impulsará su afán de conquista hasta tierras desconocidas, nunca vistas.
Grecia será la cuna de la democracia, basada en la exposición sonora de las diferentes opiniones en la asamblea, donde uno va a escuchar o ser escuchado. Roma será la cuna del derecho, basado en la recopilación escrita (visual) de las leyes.
Los privilegiados ojos romanos, además, crearán un arte más realista, atento a lo que se ve, frente a los impotentes ojos griegos, que elaborarán un arte de cuerpos idealizados, irreales.
Y la lucha de los sentidos dura hasta nuestros días. Podríamos hablar de un siglo XX dividido en dos: una primera mitad dominada por los sonidos, época de la radio, de los nacionalismos en base a los idiomas (de donde nacerían los consiguientes racismos y las guerras mundiales), de las ideologías (fascismos, comunismos, anarquismos) surgidas de oradores apasionados y del parlamentarismo (de parlar, hablar) decimonónico.
Y una segunda mitad, en la que todavía estamos, dominada por la imagen, época de la televisión e internet, donde los nacionalismos y racismos se diluyen en una sociedad globalizada multicultural (como la romana), y donde las ideologías y sus grandes discursos y oradores están en desaparición.
El vídeo ha matado a la estrella de la radio.
Así, la obra principal de la literatura griega, la Ilíada, es una narración de tradición oral, sonora, frente a las principales obras latinas, que nacen de la imagen escrita.
Los espectáculos helenos son fundamentalmente sonoros. El teatro, principal diversión pública en la Grecia clásica, ya sea la comedia o la tragedia, es básicamente palabra hablada. Apenas había escenario e incluso los actores llevaban máscaras, que impedían ver sus gestos pero aumentaban la potencia de la voz.
En Roma los espectáculos principales eran las luchas en el anfiteatro o las carreras en el circo, donde lo visual tiene el predominio absoluto.
Aún más importante es la consecuencia de esta división para la propia identidad de cada pueblo. Para los griegos su identidad venía dada por el idioma, es decir, por su sonoridad. Era griego el que hablaba (sonaba) griego. La propia palabra bárbaro (que significaba extranjero) deriva de cómo escuchaban a los que no eran helenos, que a ellos les parecía que balbuceaban, ba-ba-ba. Incluso dentro de la misma Grecia, la división entre jonios y dorios se establecía por sus diferentes dialectos, sus diferentes sonoridades. Esta clara diferenciación de lo griego frente a lo extranjero, y de los griegos entre sí, sería a la larga una de las causas de su ruina.
En Roma, al predominar lo visual, se construye una identidad mucho menos estrecha, donde cualquiera con forma de humano puede ser romano. De hecho, la ciudad se engrandece desde el principio por admitir continuamente nuevos ciudadanos, de todas las razas, costumbres y lenguas. Esto será la base de su futura grandeza.
Y en el ámbito del pensamiento las consecuencias son decisivas. Los griegos, al discriminar la vista, tenderán a pensar que la realidad que se ve esconde otra realidad más profunda, que es la base sobre la que en un principio nacerá la filosofía. En Roma el predominio de lo visible les llevará a un deseo de imágenes, que impulsará su afán de conquista hasta tierras desconocidas, nunca vistas.
Grecia será la cuna de la democracia, basada en la exposición sonora de las diferentes opiniones en la asamblea, donde uno va a escuchar o ser escuchado. Roma será la cuna del derecho, basado en la recopilación escrita (visual) de las leyes.
Los privilegiados ojos romanos, además, crearán un arte más realista, atento a lo que se ve, frente a los impotentes ojos griegos, que elaborarán un arte de cuerpos idealizados, irreales.
Y la lucha de los sentidos dura hasta nuestros días. Podríamos hablar de un siglo XX dividido en dos: una primera mitad dominada por los sonidos, época de la radio, de los nacionalismos en base a los idiomas (de donde nacerían los consiguientes racismos y las guerras mundiales), de las ideologías (fascismos, comunismos, anarquismos) surgidas de oradores apasionados y del parlamentarismo (de parlar, hablar) decimonónico.
Y una segunda mitad, en la que todavía estamos, dominada por la imagen, época de la televisión e internet, donde los nacionalismos y racismos se diluyen en una sociedad globalizada multicultural (como la romana), y donde las ideologías y sus grandes discursos y oradores están en desaparición.
El vídeo ha matado a la estrella de la radio.
Y el jamón de bellota y la gamba blanca ???
ResponderEliminarCuando le toca su época de veneración ??
Me parece un texto de una gran belleza, o por lo menos a mí me lo parece.. Como siempre creo que se puede indagar más en esta diferente idea de percibir y sentir lo real, esta clásica dicotomía griega y romana que tú de manera diáfana señalas. Personalmente se me viene a la mente la distinta manera de percibir la sexualidad entre los hombres y las mujeres, el hombre es mucho más visual, la sexualidad le entra primero por los ojos y después por el resto de sentidos. También creo que el hombre es mucho más agresivo que la mujer y tal vez sea debido al desarrollo, tarda mucho más tiempo en madurar y adquirir el lenguaje que la mujer, por lo que tiene que solucionar sus problemas por la fuerza, a diferencia de las niñas que desarrollan el lenguaje mucho antes y resuelven sus problemas más sonoramente, más dialógicamente, más estratégicamente; una vez que desde pequeños utilizamos unas estrategias que nos dan resultado nos cuesta mucho cambiar. Pero no quiero perder el hilo de tu texto y para ello me gustaría traer la figura de Aristóteles, tal vez él fue uno de los primeros en sembrar o comenzar a separarse de ese paradigma sonoro que aparece en tu texto, la figura de Aristóteles es muy visual, aprovechemos para decir: muy cinematográfica, podemos cerrar los ojos por un momento y lo veremos en el cuadro de la “Escuela de Atenas” señalando con la palma de la mano hacia el suelo, o también dando sus clases paseando; educando a Alejandro, siendo la sombra en la biblioteca del “Nombre de la Rosa”, o muchísimas imágenes más; es también una figura de motes: el Filósofo, el peripatético y una que acabo de conocer al leer uno de los capítulos del libro de Jesús Mosterín sobre Aristóteles, y que me lo ha recordado tu texto: como es el de ANAGNOSTÉS, sus compañeros le pusieron este mote por la curiosa costumbre que tenía de leer los libros de manera personal y en silencio. En la Grecia clásica las obras literarias eran para ser oídas o representadas, los alumnos de las escuelas filosóficas o retóricas asimilaban los textos oyéndolos leer en clase por el maestro o por el esclavo especializado, el anagnostés, de ahí el mote a Aristóteles. Sin duda alguna Aristóteles sería un gran amante del cine, como lo era de las obras que se representaban anualmente. Para Aristóteles tenían la misma fuerza y riqueza las obras tanto si se representaban como si podían ser leídas y Aristóteles leyó muchas, tanto como para teorizar sobre ellas. Aristóteles fue un gran observador…..
ResponderEliminarMuy interesante tu comentario, Rafa. Por eso digo en el artículo que el predominio de lo sonoro da "inicio" a la filosofía; luego ésta se desarrolla de muchas maneras, y es lógico que uno de estos desarrollos piense que por qué no van a ser los ojos los que nos muestren mejor la verdad. Ese es Aristóteles.
ResponderEliminarUna reflexión, si me lo permites: ¿qué preferiría Alejandro, perder la vista o el oído?
ResponderEliminarA mí, desde luego, siempre me costó decidir, no tanto por qué elegir, sino por qué dejar. Por ello cuando alguien, alumno por lo general, me hace la ingenua -pero malvada- pregunta de "¿pero a ti qué te gusta más, el griego o el latín?" me dan ganas de llorar. Y siempre, diga lo que diga, miento, incluso cuando afirmo que los dos por igual. Oigo y veo. Escucho y miro. Soy griego y romano.
Como soy grande y pequeño, de aquí y de allí, amante de la luz y de las tinieblas... Me emociona el eco de un circunflejo, grácil, femenino, helénico, a la que vez aprecio la belleza marcial y ruda de un buen genitivo plural de la segunda declinación latina. Ambos me provocan escalofríos que trascienden siglos.
Amigo Pepe, ¿consideras griegos a esos bárbaros macedonios? Y aunque así fuera, ¿no es el imperio de Alejandro una anomalía, y como tal no pudo reproducirse, como los monstruos?
ResponderEliminarAmigo Bonelli: creo que de todos los del blog éste es el artículo en el que más alto llegas en tu virtuosismo para enlazar con brillantez y viveza cosas alejadas entre sí en el tiempo y el espacio. A Hume no le hubiera gustado conocerte (esto es un piropo, claro). Mi comentario esta vez viene en forma de chispazos, más o menos afortunados u oportunos,que se me han ido ocurriendo a medida que te he ido leyendo. Algunas veces añado algo para fastidiarte un poquillo el chiringo del oído y de la vista como símbolos culturales de Grecia y de Roma, otras veces por serme muy sugerenes tus palabras, junto con los comentarios de los compis que han contestado antes que yo. Ahí van:
ResponderEliminarNietzsche, en "El origen de la tragedia", reivindica la vertiente orgiástica, báquica, de la cultura griega, que es también la vertiente musical, frente al predominio de la simetrías visuales de la concepción clasicista de Grecia. La fuente principal de inspiración filosófica en la elaboración de esta obra fue, como es sabido, "El mundo como voluntad y representación", obra en la que Schopenhauer eleva la música a la categoría de signo del ser, esto es, de la voluntad misma. En cualquier caso, Grecia ha sido durante siglos considerada como el culmen de lo clásico en el arte.
“Los griegos escuchan a sus dioses…”: se contaba de la estatua crisoelefantina de Zeus, obra de Fidias, que había ganado muchos seguidores para la religión olímpica, tal era el temor que infundía a quienes la contemplaban.
“El teatro, principal diversión pública en la Grecia clásica, ya sea la comedia o la tragedia, es básicamente palabra hablada”: uno de los significados del término griego theorein (compañero Pepe corrígeme si me equivoco, por favor) es asistir como espectador a un espectáculo, como por ejemplo al teatro. La teoría de Aristóteles, en tanto actividad, en tanto ejercicio del pensamiento, ¿no tendría además de mucho de ver, algo también de escuchar? ¿Debemos seguir separando a Heráclito, por un lado, como filósofo de la escucha, atento a la palabra del Logos, y por otro lado a los platónicos Platón y Aristóteles, filósofos del ver, del eidos? Se cuenta que los presocráticos cantaban sus poemas. Para Parménides el ser y el pensar son una misma cosa, ¿una misma con el decir/oír…? Para los pitagóricos la armonía cósmica matemática era también armonía musical…
“En Roma, al predominar lo visual, se construye una identidad de forma mucho menos estrecha, donde cualquiera con forma de humano puede ser romano”: pero también era un gran vínculo de unión la lengua latina ¿no?
No sabemos casi nada de la música griega, pero tampoco es mucho lo que sabemos de su pintura. Sí nos ha llegado la importancia que llegó a tener el estilo naturalista: recordamos todos la anécdota de la pintura de las uvas de Apeles.
En nuestra época la imagen ha desplazado a la música y a la palabra, o más exactamente la imagen ruidosa: el video ha matado a la estrella de la radio, y la puta de la telebasura ha matado al video…